Philip Seymour Hoffman

Por Javier Solórzano Casarin

El pasado 2 de febrero falleció una de las figuras más talentosas del cine y del teatro estadounidense. El duelo por su pérdida es doloroso pero nos deja un legado de actuación incomparable.

La primera vez que vi a Philip Seymour Hoffman fue en la película Perfume de mujer (1992, Martin Brest). Toda mi atención estaba dirigida hacia Al Pacino, quien ha sido desde niño uno de mis actores favoritos. La pequeña participación de Philip Seymour Hoffman no me deslumbró. Me pareció una buena actuación que cumplía su propósito: presentarnos a este irritante estudiante rico, hijo de papi, que hacía lo quería sin importar las consecuencias. Dentro de esa cualidad fastidiosa en su actitud y tono de voz había una innegable dosis de carisma que se me quedó marcada. Algo había de ese desconocido actor que me hacía recordarlo.

Varios años después lo volví a ver en otra película. Una película muy extraña que con el tiempo no he terminado por decidir si es una joya perdida o un intento mediocre por contar una historia coherente. Nadie es perfecto (1999, Joel Schumacher), donde Robert De Niro interpreta a un policía jubilado y ultraconservador que sufre un paro cardiaco que lo deja parcialmente paralizado, tiene que volver a aprender a hablar y bajo la recomendación de su doctora busca a un maestro de canto. Quien cumple la descripción es su vecino, un extravagante travesti que organiza los concursos locales de belleza de la comunidad gay y que viste una enorme variedad de pelucas y coloridos vestidos. El personaje se llamaba Rusty y el actor era Philip Seymour Hoffman.
Me impacto su actuación. Me hizo reír, me conmovió, me hizo involucrarme con el personaje de una manera profunda. No solo fue como cambio el rango de su voz, su transformación física, la expresividad y el lenguaje corporal con los cuales construyó específicamente a su personaje, sino su instinto actoral de interpretar a un travesti en todas sus complejidades, evitando el cómodo y tradicional estereotipo al cual estamos acostumbrados en el cine.

En ese momento me di cuenta que estaba en la presencia de un gran talento y la verdad es que todavía no había visto nada.

Empecé a atar cabos y me di cuenta que ya lo había visto en otras películas. Donde tal vez la aparente simplicidad de los personajes secundarios que interpretaba no me habían hecho notarlo del todo. En Patch Adams (1998, Tom Shadyc) y The Big Lebowski (1998, hermanos Cohen) dio muestras claras de su presencia innegable en el cine.

La siguiente ocasión que lo vi fue en su tercera colaboración con Paul Thomas Anderson en Magnolia (1999), en la que interpretó a un enfermero —Phil Parma— que busca cumplir el último deseo de un moribundo productor de televisión, interpretado por Jason Robards. La sensibilidad y la delicadeza con las cuales lo interpreto fue cautivante. Mientras escuchaba la conciencia de su paciente, algunas palabras entendibles otras no tanto, la mirada de Hoffman era verdaderamente una prueba de que sentía la aflicción del otro. El momento donde intenta comunicarse por teléfono con el hijo distante de Robards (interpretado por Tom Cruise) es una escena de antología, pidiéndole ayuda a un desconocido justo como lo harían en las películas.
Fue desde esa maravillosa experiencia que me supe testigo de uno de los grandes actores de mi vida, de uno de esos alquimistas de la actuación que me inspiraban en cada nuevo suceso de su repertorio inagotable.
En Casi famosos (2000, Cameron Crowe) interpretó al famoso crítico de rock, Lester Bangs. Su mera aparición en cuatro escenas le regaló a la historia autenticidad, diversión y sentimiento. Sin su interpretación, estos elementos nunca se hubieran logrado. Magnético y travieso, hacía cada escena memorable, transcendiendo a la película misma.
Encontré otro de sus logros en la pequeña cinta independiente Con amor, Liza (2002, Todd Louiso) interpretando a un joven diseñador de páginas web que se desmorona después del suicido de su novia. Hoffman hizo algo distinto: construyó capas de variadas sensaciones inesperadas y humanas. En otra película de Paul Thomas Anderson Punch-Drunk Love (2002), le dio vida a Dean Trumbell, un obsceno y desagradable dueño de una tienda de colchones que organiza una red de extorsión por debajo de la mesa. Cada vez que insulta a alguien, que grita una grosería es un deleite absoluto, como si ese hombre creciera en la pantalla cada vez que vociferaba alguna vulgaridad.
Claro está que su apogeo profesional llegó con la cinta Capote (2005, Bennett Miller). Por primera vez en su extraordinaria carrera, Philip Seymour Hoffman recibía reconocimiento de todos: la crítica, el público, los medios y si hasta de la Academia. Rompiendo la norma del esquema hollywoodense, el anti estrella de cine, el güerito desabrido, el obeso simpático se ganó el Óscar al mejor actor protagónico por interpretar al mítico novelista Truman Capote. Esa actuación, que no es la mejor porque tiene muchas formidables, rompió con el silencio de la leyenda de Philip Seymour Hoffman.

Se sumergió en la piel, actitud, personalidad, voz, y aura absoluta de Capote. Era Truman Capote y, como con cada una de sus actuaciones, desnudó su alma para que el mundo entera la viera. La franqueza con la cual lo interpretó es escalofriante. El mundo interno del escritor en todas sus contradicciones, luces y sombras, fue descifrado por este actor nativo de Nueva York, quien lo encarnó en el lienzo del cine con una destreza que me dejó sin palabras.
Sinceramente es un reto decir cuáles fueron mis actuaciones favoritas de este gigante del cine y del teatro porque hay demasiadas. Me gustaría recomendarlas todas, sobre todo para aquel público que todavía no lo ha descubierto. Lo que sí puedo es mencionar unas cuantas que como las ya aludidas, me cambiaron profundamente.

El operador de boom de la industria pornográfica, enamorado perdidamente de Mark Wahlberg en Boogie Nights (1997, Paul Thomas Anderson); el banquero canadiense adicto a las apuestas que decide usar el dinero de sus clientes para apostar en Owning Mahowny (2003, Richard Kwietnoswki); como escandaloso ex estrella infantil de cine que enloquece a todos con sus consejos disparatados en Mi novia Polly (2004, John Hamburg); el despiadado traficante de armas en Misión imposible 3 (2006, J.J Abrams); el complicado pero amoroso hermano de Laura Linney, forzado a cuidar de su padre abusivo,  en La Familia Savage (2007, Tamara Jenkins); el ejecutivo que planea el asalto de la joyería de sus padres para mantener su estilo de vida en Antes de que el diablo sepa que has muerto (2007, Sidney Lumet) –esta actuación en particular es difícil de rememorar pues su personaje es un adicto a la heroína, una situación demasiado cercana a las circunstancias de su muerte, pero su trabajo fue estremecedor; el infalible sacerdote que enfrenta un juicio moral por la sospecha de su papel en un caso de abuso sexual en La duda (2008, John Patrick Shanley); el director de teatro que ambiciona montar en escena su vida completa en Nueva York en escena (2008, Charlie Kaufman); el calculador jefe de campaña de uno de los candidatos presidenciales en las primarias estadounidenses en The Ides of March (2011, George Clooney); y una de las mas inolvidables, The Master (2012, Paul Thomas Anderson), en su última colaboración con Anderson. De principio a fin, Lancaster Dodd, el líder de un culto religioso que promete cambiar las percepciones sobre la existencia y el universo a través de sus estudios y escritos, estalla con furia a la vida por medio de la voz sonora y grave de Philip Seymour Hoffman. La criatura indomable, poderosa y enorme, que seduce a cualquier ser humano para embriagarse en su causa es uno de los logros inauditos de Hoffman. Es una clase maestra de actuación.
Su muerte es una gran tragedia. El mundo perdió a uno de los genios de la actuación cinematográfica contemporánea. En el entendido de que para algunos la vida personal en ocasiones no se puede separar del artista y que la forma en la que murió fue terrible sin duda, es importante no perder de vista lo que este hombre hizo por el mundo del cine.
Su obra no solo es el testamento de un actor camaleónico que desafiaba las preconcepciones impuestas por la crítica o la veracidad artística con la que dotaba a cada personaje era una vida única e irrepetible en pantalla, sino que también es el inmenso valor de un actor por desentrañar hasta al personaje mas sórdido o repulsivo y desenmascararlo, mostrarlo ante la luz e ilustrar la esencia humana por lo que es. Nos mostró la naturaleza humana en su forma mas frágil y la proyectó con una poesía interpretativa que veremos contadas veces en nuestra vidas.

 

*Javier Solórzano Casarin es director y guionista de cine y video. 

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    Soy egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México; con estudios de licenciatura en la Universidad Iberoamericana. Fui docente de la carrera de Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana hasta la década de los 80.
     
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  • Obtuve en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo y he entrevistado a personalidades que van desde Mick Jagger hasta el subcomandante Marcos, pasando por políticos de todos niveles y de todos los partidos políticos.
     
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