De nuevo un grupo de madres de migrantes centroamericanos desaparecidos están en México. Llevan varios días recorriendo las diversas rutas de los migrantes con el propósito de encontrar a sus hijos, padres, familiares o amigos. No saben nada de ellos por lo menos hace un año. No saben si ya están en EE.U UU., si se quedaron en nuestro país, si fueron asesinados, como le pasó a 72 migrantes centroamericanos en San Fernando, Tamaulipas, hace más de año y medio.
Como bien puede imaginar, la búsqueda es desesperante a la vez que esperanzadora. Las autoridades mexicanas no necesariamente son un factor de ayuda. Al ser en muchos casos cómplices o no dan respuestas o dan largas. Las madres han encontrado poca ayuda en los gobiernos municipales y estatales.
Hace dos años una madre hondureña que venía en la caravana encontró a su hija en San Luis Potosí y conoció a su hija; llevaba cerca de 10 años de no saber nada de ella. Al no haber la más mínima base de datos y al ser sistemáticamente perseguidos no hay manera de saber casi nada de ellos. Huyen de las autoridades, de los polleros y ahora de los cárteles de la droga. Vienen en busca de los suyos y cuando conocen la ruta que los suyos siguieron se dan cuenta de lo que viven. Tienen derecho a la atención y a la esperanza.








